Sobre Adicción al sexo

Adicción al sexo

Una adicción que afecta, mayoritariamente, a varones en edad adulta joven, entre 20-40 años. Consiste en un impulso sexual excesivo y desbordante incapaz de controlar. Del mismo modo que en el resto de adicciones, puede experimentar síndrome de abstinencia a nivel psicológico al encontrarse sin el objeto adictivo, en este caso el acto sexual y sus sensaciones asociadas, recurriendo de forma impulsiva y sin valorar las consecuencias, a saciar ese deseo.

Atef Souied Espada Médico especialista en Adicciones. Nº colegiado: 282867667
Adicción al sexo

Evidentemente, esto no debe confundirse con el deseo sexual intenso que puede ser habitual en determinados momentos en una persona sana, en el contexto de una vida sexual activa y saludable. La diferencia, básicamente, radica en el control sobre el impulso y la conducta sexual, así como la interferencia que éste pueda causar en la vida de la persona.

Entonces, ¿en qué punto podemos decir que el control sobre el impulso sexual de la persona traspasa los límites de lo saludable?

En general, las conductas sexuales de la persona adicta al sexo se caracterizan por:

  • Ser de breve duración.
  • Poco satisfactorias.
  • Repetidas en intervalos cortos.
  • Con personas distintas.
  • La persona tiene muchas dificultades para refrenar el impulso, a pesar de las consecuencias negativas posteriores en las diferentes esferas de su vida (salud, familia…).

Se ha descrito en la literatura que, en algunos casos, se pueden invertir hasta cuatro horas diarias en conductas sexuales, pero los pensamientos sobre el tema pueden ser casi constantes. Habitualmente, el impulso se inicia con intensas fantasías en forma de imágenes mentales y sensaciones, las cuales aparecen recurrentemente de forma obsesiva en diferentes contextos (casa, trabajo, familiar..), generando un incómodo estado de excitación ansiosa en la persona. La persona puede intentar aliviar este impulso, por ejemplo, recurriendo a la masturbación, pero cuando el trastorno se agudiza, esto no suele ser suficiente.

Se ha descrito en la literatura que, en algunos casos, se pueden invertir hasta cuatro horas diarias en conductas sexuales, pero los pensamientos sobre el tema pueden ser casi constantes.

La dinámica habitual, como en el resto de adicciones, es la de un desencadenante externo o interno que genera el deseo de consumo (de sexo, en este caso); en muchos casos, la problemática se inicia en un momento de la vida de la persona en la que ésta se siente psicológicamente mal, pudiendo tener varios problemas y preocupaciones ante los que se siente desbordada. Entonces, en lugar de afrontarlos, puede recurrir al sexo para obtener gratificación y evadirse mentalmente de su realidad problemática de forma temporal. Obviamente, esto se convierte en un círculo vicioso, pues los problemas reales de la persona cada vez se hacen más grandes, añadiéndose a estos la pérdida de control sobre la conducta sexual y sus riesgos asociados.

Una consecuencia importante de esta problemática es la incapacidad para establecer relaciones amorosas duraderas y satisfactorias, reduciéndose el encuentro amoroso a la descarga del impulso biológico: la persona necesita eyacular “a cualquier precio”, por lo que no permite establecer un vínculo afectivo de intimidad – en un sentido más maduro -  en el que otros elementos como la comunicación, la ilusión y el compromiso podrían tener un papel más protagonista. Todo ello conlleva importantes sentimientos de soledad y fracaso vital en la persona, lo cual refuerza el habitual componente depresivo del trastorno, haciéndose una “bola de nieve” cada vez más grande.

Este trastorno conduce a la persona a una vida sexual “oculta”, la cual se ve obligado a  vivenciar en secreto y con mucho sentimiento de culpa. La depresión, incluso con ideas de suicidio, está muy asociada a este tipo de conductas (Earle, Earle y Osborn, 1995). Se trata de conductas no deseadas conscientemente por la persona -  a diferencia de la promiscuidad o el apasionamiento sexual, sin componente patológico  -, sino que devienen de un fuerte impulso que genera un gran malestar interno en la persona y una sensación de pérdida de control, a pesar de las múltiples consecuencias negativas que la conducta va a acarrear en diferentes áreas de su vida, como por ejemplo: físicas (enfermedades de transmisión sexual), psicológicas (depresión, sentimientos de culpa y vergüenza, baja autoestima, sentimiento de soledad, ideas de suicidio…), familiares (ruptura matrimonial no deseada, daño a los hijos...) y sociales (pérdida de empleo, devaluación del estatus socioeconómico, etc.).

Así mismo, un aspecto importante que se debe tener en cuenta es que el contenido de la adicción puede referirse tanto a una sexualidad normal (es decir, a relaciones consentidas con adultos) como a una sexualidad parafílica - por ejemplo, el exhibicionismo o la pedofilia - (Fernández-Montalvo y López-Goñi, 2010). Por ello, uno de los riesgos más importantes de este trastorno es la pérdida de control hasta tal punto que la persona pueda llegar a cometer delitos sexuales (afortunadamente, no se da en todos los casos), motivo por el cual algunas personas acaban llegando a la consulta del especialista, en el contexto de una sentencia judicial.

Este trastorno conduce a la persona a una vida sexual “oculta”, la cual se ve obligado a  vivenciar en secreto y con mucho sentimiento de culpa.

En cuanto al tratamiento, se recomienda un abordaje médico-psicológico, en el que la terapia cognitivo-conductual está especialmente indicada, con estructura y técnicas similares a las utilizadas en otras adicciones: el objetivo es que la persona aprenda a manejar el malestar psicológico evitando recurrir al sexo compulsivo, afrontando sus diferentes problemáticas vitales. Para ello, es necesario trabajar elementos estructurales de fondo como, por ejemplo, la visión de sí mismo, la autoestima, rasgos de personalidad o habilidades de comunicación. En algunos casos, probablemente sea necesario recurrir al uso de psicofármacos para tatar sintomatología ansioso-depresiva asociada, o bien para disminuir la impulsividad.

Ahora bien, respecto a las adicciones a sustancias, en este caso el objetivo final del tratamiento no debería ser que la persona deje de tener vida sexual por completo - aunque en fases iniciales suele prescribirse la abstinencia hasta que la persona adquiere más recursos para el manejo del impulso -.  Sabemos que la vida sexual constituye un componente importante para el bienestar físico y psíquico de la persona, por lo que la terapia deberá orientarse a que la persona pueda vivir su sexualidad de un modo más controlado, satisfactorio y, en definitiva, saludable.

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